lunes, 23 de enero de 2017

Expectativas: ¿tenerlas, no tenerlas o aprender a manejarlas?


Gracias Rosario Jiménez, Educadora y Coach Educativa, por trabajar en ayudar a las personas a comprender que lo que les da miedo,  también les permite explorar sus potencialidades, recursos y fortalezas.

"Creo que todos somos capaces de asumir la responsabilidad de nuestras vidas y aceptar nuestras circunstancias para poder crecer y ser mejores."


 
Cuando escucho a alguien decir: “Ya no me hago expectativas de nada ni de nadie”, siempre me pregunto si es posible lograr esa distancia respecto de las propias emociones.
Si cada vez que algo muy importante está por llegar: un hijo, la fecha del matrimonio, el primer día en un nuevo trabajo, el viaje tan esperado, nuestros sentimientos entran en modo “licuadora emocional”. Mezcla de ilusión por el futuro próximo, ansiedad, angustia y alegría. Todo irremediablemente junto.
Si vas a ser mamá o papá, es poco probable que no generes expectativas sobre cómo será tu bebé, a quién se parecerá, cómo lo vas a cuidar, cómo lo vas a educar, a qué colegio va a ir, etc. Ya te lo imaginas haciendo deporte, riendo entre tus brazos y jugando con sus amigos.
Las expectativas son todo aquello que deseamos conseguir y alcanzar en algún momento. Provienen de nuestras experiencias previas, nuestras creencias y paradigmas. Por eso, juegan un rol tan importante: actuamos influenciados por ellas y en muchos casos, pueden determinar los resultados que obtengamos en el futuro.
Juan José Arévalo, Master Coach, explica que las expectativas son el fruto del propio juicio interior, que está basado en creencias. "Por eso, cuando los resultados no son positivos, toda esa arquitectura armada por nosotros se nos cae encima en forma de dolor y decepción, al punto de frustrarnos".
Por ejemplo, si tengo bajas expectativas sobre mi desempeño profesional porque no me siento capaz y considero que pocas cosas me motivan, lo más probable es que mi actitud en la entrevista para conseguir un nuevo trabajo esté influenciada por estas bajas expectativas: me mostraré insegura o aburrida, y podría quedar fuera de la selección.
Las expectativas que se rompen, nos rompen el corazón. Nos dejan desorientados, perdidos.
¿Dónde está el problema, en nuestras expectativas o en cómo las manejamos?
Todo está en el peso, en el valor que les damos. En cómo determinan nuestra vida, en qué nivel afectan y definen nuestra visión del mundo.
En muchas ocasiones solo somos capaces de ver una sola y única versión de lo que nos está sucediendo. En medio de la tristeza tratamos de entender. No se puede. Hay que esperar. Aprender a tomar perspectiva, respirar, retroceder un poco e intentar ver las cosas en su real dimensión. Si te atreves, verás que detrás de las olas (algunas veces, olas del tamaño de un tsunami) el mar estará bastante más calmo.
Puedes decidir dónde estar: en la orilla como espectador, ahogándote, o permitiendo que te revuelquen las olas para ir luego a mar abierto y tranquilo, a un mar liberador.
Si tus expectativas no han sido cumplidas, si te sientes un poco perdido o perdida, sintiendo rabia, frustración, tristeza, dolor, pérdida o cualquier otra emoción, siéntelas. Está bien que las olas nos revuelquen, son parte de la vida y de nuestro aprendizaje, no pelees. Deja que pasen, saca la cabeza de vez en cuando para respirar, con calma. Luego estira la mano y pide ayuda, seguro muchas otras manos te ayudarán a levantarte. A seguir nadando.
Sobrevivir al revolcón es parte natural de nuestro proceso de aceptación, de aprendizaje y crecimiento, es lo que nos permite ampliar nuestro panorama. Así que tente un poco de paciencia y compasión. Trátate con mucho cariño en este viaje y busca buenos compañeros que te acompañen.
Como dijo Peter Wrycza: “Aprender y vivir son dos conceptos inseparables”, así que vive y aprende. Y disfruta el camino.
 
 
 

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