Gracias
Rosario Jiménez, Educadora y Coach Educativa, por trabajar en ayudar a las
personas a comprender que lo que les da miedo, también les permite
explorar sus potencialidades, recursos y fortalezas.
"Creo que
todos somos capaces de asumir la responsabilidad de nuestras vidas y aceptar
nuestras circunstancias para poder crecer y ser mejores."
Cuando
escucho a alguien decir: “Ya no me hago expectativas de nada ni de nadie”,
siempre me pregunto si es posible lograr esa distancia respecto de las propias
emociones.
Si cada vez que algo muy importante
está por llegar: un hijo, la fecha del matrimonio, el primer día en un nuevo
trabajo, el viaje tan esperado, nuestros sentimientos entran en modo “licuadora
emocional”. Mezcla de ilusión por el futuro próximo, ansiedad, angustia y
alegría. Todo irremediablemente junto.
Si vas a ser mamá o papá, es poco
probable que no generes expectativas sobre cómo será tu bebé, a quién se
parecerá, cómo lo vas a cuidar, cómo lo vas a educar, a qué colegio va a ir,
etc. Ya te lo imaginas haciendo deporte, riendo entre tus brazos y jugando con sus
amigos.
Las expectativas son todo aquello
que deseamos conseguir y alcanzar en algún momento. Provienen de nuestras
experiencias previas, nuestras creencias y paradigmas. Por eso, juegan un rol
tan importante: actuamos influenciados por ellas y en muchos casos, pueden
determinar los resultados que obtengamos en el futuro.
Juan José Arévalo, Master Coach,
explica que las expectativas son el fruto del propio juicio interior, que está
basado en creencias. "Por eso,
cuando los resultados no son positivos, toda esa arquitectura armada por
nosotros se nos cae encima en forma de dolor y decepción, al punto de
frustrarnos".
Por ejemplo, si tengo bajas
expectativas sobre mi desempeño profesional porque no me siento capaz y
considero que pocas cosas me motivan, lo más probable es que mi actitud en la
entrevista para conseguir un nuevo trabajo esté influenciada por estas bajas
expectativas: me mostraré insegura o aburrida, y podría quedar fuera de la
selección.
Las expectativas que se rompen, nos
rompen el corazón. Nos dejan desorientados, perdidos.
¿Dónde está el problema, en nuestras
expectativas o en cómo las manejamos?
Todo está en el peso, en el valor
que les damos. En cómo determinan nuestra vida, en qué nivel afectan y definen
nuestra visión del mundo.
En muchas ocasiones solo somos
capaces de ver una sola y única versión de lo que nos está sucediendo. En medio
de la tristeza tratamos de entender. No se puede. Hay que esperar. Aprender a
tomar perspectiva, respirar, retroceder un poco e intentar ver las cosas en su
real dimensión. Si te atreves, verás que detrás de las olas (algunas veces,
olas del tamaño de un tsunami) el mar estará bastante más calmo.
Puedes decidir dónde estar: en la
orilla como espectador, ahogándote, o permitiendo que te revuelquen las olas
para ir luego a mar abierto y tranquilo, a un mar liberador.
Si tus expectativas no han sido
cumplidas, si te sientes un poco perdido o perdida, sintiendo rabia,
frustración, tristeza, dolor, pérdida o cualquier otra emoción, siéntelas. Está
bien que las olas nos revuelquen, son parte de la vida y de nuestro
aprendizaje, no pelees. Deja que pasen, saca la cabeza de vez en cuando para
respirar, con calma. Luego estira la mano y pide ayuda, seguro muchas otras
manos te ayudarán a levantarte. A seguir nadando.
Sobrevivir al revolcón es parte
natural de nuestro proceso de aceptación, de aprendizaje y crecimiento, es lo
que nos permite ampliar nuestro panorama. Así que tente un poco de paciencia y
compasión. Trátate con mucho cariño en este viaje y busca buenos compañeros que
te acompañen.
Como dijo Peter Wrycza: “Aprender y
vivir son dos conceptos inseparables”, así que vive y aprende. Y disfruta el camino.
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